“El argumento central contra el aborto puede ser expuesto así:
Es un crimen matar a un ser humano inocente. Un feto humano es un ser humano inocente. Por tanto, es un crimen matar a un feto humano.
Los defensores del aborto niegan usualmente la segunda premisa de este argumento. La disputa sobre el aborto se torna entonces en una disputa sobre si un feto es un ser humano, o, dicho en otras palabras, cuándo comienza la vida humana. Los oponentes del aborto emplazan a sus adversarios a que identifiquen un estudio en el proceso gradual del desarrollo humano que marque una línea divisoria moralmente significativa. A menos que exista esa línea, dicen ellos, o bien tendremos que elevar el estatuto del embrión inicial hasta el niño, o bien degradar el estatuto del niño hasta el del feto; y nadie defiende esta última alternativa.
Las líneas divisorias más comúnmente sugeridas entre el óvulo fertilizado y el niño son el nacimiento y la viabilidad. Uno y otra están abiertos a la objeción. . .” (E.O.).
Los problemas siempre están en las fronteras y estas pueden ser físicas, económicos: conflictos de intereses y por supuesto legales: distintos derechos compitiendo por un espacio. Hay quien desea implantar un muro infranqueable entre dos derechos, otros desean moverlo hacia el oponente para no dejarle espacio, quien pondría una valla inamovible y el que no quiere nada solo libertar que es igual a libertinaje. No es este el caso, ninguna mujer visita esta frontera si no es por necesidad. A mi modo de entender lo que corresponde aplicar en este caso es un imperativo categórico kantiano, o ley general como el título del artículo publicado por el político vasco Josu Jon Imaz: No impedir no imponer.
Es un crimen matar a un ser humano inocente. Un feto humano es un ser humano inocente. Por tanto, es un crimen matar a un feto humano.
Los defensores del aborto niegan usualmente la segunda premisa de este argumento. La disputa sobre el aborto se torna entonces en una disputa sobre si un feto es un ser humano, o, dicho en otras palabras, cuándo comienza la vida humana. Los oponentes del aborto emplazan a sus adversarios a que identifiquen un estudio en el proceso gradual del desarrollo humano que marque una línea divisoria moralmente significativa. A menos que exista esa línea, dicen ellos, o bien tendremos que elevar el estatuto del embrión inicial hasta el niño, o bien degradar el estatuto del niño hasta el del feto; y nadie defiende esta última alternativa.
Las líneas divisorias más comúnmente sugeridas entre el óvulo fertilizado y el niño son el nacimiento y la viabilidad. Uno y otra están abiertos a la objeción. . .” (E.O.).
Los problemas siempre están en las fronteras y estas pueden ser físicas, económicos: conflictos de intereses y por supuesto legales: distintos derechos compitiendo por un espacio. Hay quien desea implantar un muro infranqueable entre dos derechos, otros desean moverlo hacia el oponente para no dejarle espacio, quien pondría una valla inamovible y el que no quiere nada solo libertar que es igual a libertinaje. No es este el caso, ninguna mujer visita esta frontera si no es por necesidad. A mi modo de entender lo que corresponde aplicar en este caso es un imperativo categórico kantiano, o ley general como el título del artículo publicado por el político vasco Josu Jon Imaz: No impedir no imponer.
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