COMERCIO
ANTITESIS
La antítesis de la tesis globalización referente al comercio es tan sencilla como viajar a un país pobre y presenciar la muerte por hambre de un sólo ser humano. Tantos alimentos dando vueltas por el mundo y se mueren por inanición millones. ¿Por donde pasan? ¿No llegan donde deben? ¿Se pierden por el camino dando vueltas? ¿No estarán en un circuito cerrado con espectadores y apostadores a ver quién gana más? La tesis dirá que las guerras interiores, los dirigentes de estos países, la naturaleza, la pobreza en su conjunto son los culpables; ellos no, son inmaculados. Siglos extrayendo materias primas de África, incluidos seres humanos: ¿no somos culpables de nada? Hace muchos años los terratenientes, la milicia, el clero (las fuerzas vivas) se reunían en salones y charlaban entre lujos insospechados, mientras la mayoría a media hora a pie se morían de hambre; cambiamos el a pie, por el avión y estamos peor. Las empresas buscan nuevos mercados, pero no los crean, compiten por el que puede pagar la factura, por el que no tiene para comer. Indiferencia.
Esta competencia despiadada no sólo hace bajar los precios, también inventa métodos para reducir costos que llegan al absurdo y aberraciones. Las grandes empresas de distribución compran tomates a cien y los venden a cien, pagan a noventa días y cobran en una semana. En el intervalo son tomates dando vueltas por los mercados financieros multiplicándose los beneficios. Los agricultores quedan presos de los contratos y los pequeños comerciantes de la competencia. Si los países pobres abren sus fronteras y los países ricos eliminan subvenciones, aranceles, dumpings sociales (en plural, ya que hay varios), serán los ricos los que dominen el resultado; crearán mercado donde les interese a las empresas y no donde el hambre es el único producto nacional bruto.
Es cierto que circulan los alimentos, pero lo hacen con un criterio nada bueno para los más necesitados; así, las materias primas van de pobres a ricos y los manufacturados de ricos a pobres; estos malvenden patatas y no pueden comprar ni patatas fritas. Y si una empresa occidental se instala en un país pobre productor de patatas, introduce la mecanización en el cultivo y la automatización en la elaboración y los ciudadanos de este país no ven ni una patata cruda o frita, aunque si algunos puestos de trabajo. Además, la globalización de los alimentos crea otras distorsiones. Imagínese que un pollo de la tesis se pierde con un virus y que en una semana podría contaminar a los demás. ¿Las autoridades sanitarias iniciarían la búsqueda del pollo perdido? ¿Cómo podrían resolver el problema si el pollo se pierde entre países europeos? ¿Qué autoridad sería la encargada de resolverlo? ¿Y si sale de estas fronteras a quien le correspondería? Imagínese que el pollo sale de Portugal con dirección a Italia y otros pollos italianos a Holanda, España, Portugal, etc., e imagine –ya sé que es mucho imaginar- que en Marsella dos camioneros se equivocasen al coger los tráileres después de juntarse para comer, o que en algún país el pollo esté subvencionado y los pollos van y vienen para beneficiarse de esta. ¡Pobre pollo!; por el camino podría conocer a una polla y engañarle esta con el vecino mientras está en la sombra, conocer el mundo de sus compañeros de viaje, sentirse prisionero ¡Oh pollo querido pollo!, y tener la oportunidad de ser un fugitivo, recobrar su destino marcado y tropezar al entrar en el matadero visualizando su vida pasada.
La crueldad implícita en la metáfora anterior no es baladí: millones de animales vivos padecen un encierro agobiante que los hace sufrir físicamente y mental, y si no, hagan la prueba poniéndose en su lugar. Si todo este sufrimiento valiera para evitar el hambre, pero no es así, este aumenta y el movimiento de animales vivos también; estos transportan virus entre países sin encontrar fronteras sanitarias, no como las personas pobres que se las encuentran todas cerradas. Si el movimiento de las mercancías aumenta, así como los sufrimientos múltiples: el sistema global no sirve.
La globalización en realidad es la intermediación, ha convertido al antiguo intermediario en el eje sobre lo que gira todo: comida y cosas. Si quien produce un kilo de tomates o una pieza cobra veinte y el consumidor paga doscientos –porque no es la excepción para alimentar la isla de perdidas-, la intermediación es el arte de convertir el esfuerzo de muchos -producir para poder comprar- en riqueza para unos pocos a costa del hambre del resto. El intermediario financiero, el que refina el petróleo, el operador telefónico, el distribuidor de alimentos y cosas son los dueños del sistema, incluidas las infraestructuras para llevar a cabo dicha intermediación; como las carreteras, trenes rutas marítimas, compañías aéreas, etc. No se hacen carreteras, vías de tren o cualquier infraestructura si no les viene bien a ellos. Se les puede aplicar la misma crítica que al dinero, que sólo ve a través de un canuto largo de interés corto. Si los países pobres abren sus mercados, ¿cómo transportan sus mercancías?: con camiones voladores, con trenes a pie, a nado o en pateras. No será que quieren la globalización para convertirla en su intermediación.
Nada de esto se percibe directamente, y los medios, que deberían hacerlo posible, están controlados por ellos. Los medios de comunicación –que son parte de la globalización- informan, entretienen, transmiten la tesis, apenas la antítesis y, por supuesto, de la síntesis; o no saben o no contestan. Sólo la literatura, el arte individual e Internet se les escapa de las manos. Como dice un personaje de Parque Jurasico “la vida busca su camino”. El ser humano es vida: ésta se cuela por cualquier ranura porque si no fuera así no habríamos llegado hasta aquí.
PRUEBA DEL ALGODÓN
Se supone que todas las mercancías salen con un control de calidad y lo desarrollan un trabajador especializado o un departamento. El mayordomo cumple esta función y disfruta con su trabajo. La herramienta algodón es muy simple y eficiente. Veamos como sale el comercio global del control de calidad.
Democracia es división de poderes, sufragio universal, mandar por un tiempo, no aplastar a las minorías e información. Hay más definiciones de democracia, como, por ejemplo, que es vivir con los problemas encima de la mesa para poderlos resolver –y los pobres no tienen acceso a los medios de comunicación, y los que mandan son siempre los mismos ricos y poderosos; sean cinco, seis, siete más uno y sin contrapoderes-. Los pobres son explotados por no poder poner los problemas encima de la mesa. Puede pensarse que el mayordomo es demasiado exigente, pero el trabajo hay que hacerlo bien y se desprende de él, que la democracia mundial no es manifiestamente mejorable o, simplemente, no existe.
La competencia global del comercio es bajar los precios para los ricos y ponérselo imposible a los hambrientos, al no haber árbitro ni reglas, la mayoría queda excluida. Esto no favorece el comercio y sí el dopaje de una elite, que parece como si compitiera en una prueba atlética a ver quién vende más sin importarles con cuantas hormonas y transgénicos participen o a convertir los herbívoros en carnívoros. Todo vale para la santa competencia. Pero el mayordomo que utiliza el algodón con ¡fair play! inglés le sale asqueroso.
El mayordomo se pone impertinente y con razón pues le intentan engañar: unas baldosas muy limpias y otras con chorretes de hambre; unos progresan con el comercio y otros ni progresan, ni comercian, ni comen.
La justicia es a cada uno lo suyo, prestar a la sociedad los servicios debidos, distribución justa de bienes y cargas, aptitud justa entre individuos y grupos. El algodón -que es equidad, ecuanimidad y conciencia- es un espíritu muy fino para que le pasen por las baldosas: la prueba es innecesaria.
El mayordomo impertinente con el algodón en la mano para comprobar el orden en el comercio global sabe de antemano el resultado y lo cambia por una bayeta. Es un despilfarro pasar el algodón por la buena disposición de las cosas entre sí; el objetivo del orden es el bien común, equilibrio entre colectivismo e individualismo, autoridad que garantice los deberes y derechos. El orden mundial no tiene proporción ni equilibrio ni armonía ni razón.
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