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Capítulo segundo

DINERO

ANTITESIS

 

 

 

 

La tesis anterior se puede ampliar hasta el infinito, relacionándola con todos los aspectos de la vida. Es el presente y es fácil saber los beneficios que comportan, no así las lagunas o mares que no vemos y que ha organizado la oposición en torno a la tesis globalizadora. Un objetivo puro conseguido con medios abusivos da un resultado impuro; conseguir la democracia con muertos -no digamos ya de inocentes- es malo porque los medios son iguales de importante que los fines: no se debe imponer la tesis sin reparar en los daños que puede causar. La antítesis de la tesis globalizadora es más razonable que ésta, pero no se ve, no la percibimos o no la sentimos al menos que pensemos, razonemos; y no la vemos por que estamos en la parte del poder, en la riqueza, en la luz. La oscuridad se debe a que circulamos a treinta por hora en un vehículo de progreso y otros -la mayor parte- van a noventa de miseria; aumentan más los pobres que los ricos. El vehículo de progreso tiene una aceleración constante, pero insuficiente, es amplio, descapotable, con respaldos abatibles y artilugios electrónicos en el salpicadero imposibles de usar todos a la vez; circula por autopista sin dar opción de ver más allá de los cerros cercanos, donde los vehículos o tartanas de los pobres circulan por caminos llenos de baches que no pueden esquivar por la velocidad a que les obliga la necesidad.

El dinero ha conseguido reproducirse sólo, como si el vehículo de progreso convirtiera el aire que le llega al parabrisas en gasolina. Es cierto que de vez en cuando se para y visita los alrededores y gasta en los necesitados, pero es insuficiente para tapar la cantidad de baches. Por si fuera poco, están convencidos que van por buen camino. La señalización de la autopista les impide ver el bosque; además son dogmáticos, que es lo contrario de la democracia: tienen dogma de fe. El mercado lo soluciona todo, la fuerza invisible hará su trabajo. El dinero se debe mover libre sin parar una tasa “Tobin” (por ejemplo); creen a ciegas en la libre competencia. Prestan dinero (el ¡FMI!) con criterios comerciales donde no hay verdadero comercio. Luis Buñuel, en la “Vía Láctea”, lo enmarcó perfectamente: si tienes algo te doy, si no, nada. ¿Qué intereses puede devolver quien no tiene nada?

Utilizan un rigorismo imposible de ejecutar es como decirle siempre a un cojo que cojo eres, a un ciego qué ciego estás. La verdad por delante, pero la verdad del dinero es el interés, y la de los países pobres es el hambre. El dinero además es endogámico. Son pocos los que lo tienen en cantidad y no quieren compartirlo; los extraños no son bienvenidos porque se encierran en su mundo diminuto con orejeras nacionalistas y se asusten a la primera argumentación en contra. Nada hay más miedoso que el dinero: tiene miedo de la inseguridad jurídica, de los impuestos altos, de un estado grande, de que los empleados sepan las cuentas de su empresa, de los empleos fijos, de los colegios públicos, de la sanidad pública, de las pensiones públicas. El dinero sólo ve a través de un canuto largo de interés corto. No ve lo cercano como, por ejemplo, colegios públicos de calidad con intereses a más de veinte años y así todos los niños informatizados. No tienen perspectiva.

Es cierto que beneficia a la democracia pues esta es libertad, entre otras cosas, y el dinero circula libre, pero esto no quiere decir que no tenga fallos graves. Si democracia es libertad, también es división de poderes. ¿Donde están éstos en el dinero? La perfección no existe, las zonas oscuras siempre las habrá, pero son demasiado grandes para renunciar y convivir a ciegas. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente; esto tan viejo es joven en el poder del dinero. Billones circulando por el planeta sin contrapoderes. Qué fácil le es corromper voluntades. Una información antes de lo debido; hacer subir el índice de las bolsas hoy para recoger parte de los beneficios esta mañana o esta tarde; o simplemente caprichos: un mal día de un dirigente empresarial, con billones y desde su ordenador, puede desinvertir en un país hundiéndolo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRUEBA DEL ALGODÓN

 

 

 

 

Intento ser metódico y dar vueltas alrededor del concepto globalización, procurando destruirlo para depurarlo de imperfecciones: el resultado será saber si la tesis globalización la supera. Sólo la tesis, la antítesis no la necesita, no es el tema concepto de este libro.

La prueba se basa en el mayordomo impertinente de un anuncio televisivo que pasa un algodón por las baldosas para poner en evidencia a la señora de la limpieza. ¿Me he convertido en mayordomo? ¡Impertinente! El mayordomo dispone de cinco algodones generales: democracia, competencia, justicia, orden y progreso. Antes de seguir, quiero que sepan las personas con mucho dinero y las que lo mueven por los mercados financieros, que la prueba la pasan todos los días la mayoría de los trabajadores; no tan teatral, pero si con despidos ocasionales o masivos. Ellos, que tienen poder y preparación, la pasarán, y si no es así, nadie los va a despedir de su riqueza. Al poder y a los dirigentes económicos se les llena la boca de democracia, competencia, justicia, orden y progreso: haber que tal pasan la prueba.

Empezaré por la idea de democracia, que es división de poderes, básico para el funcionamiento de ésta. ¿Dónde está la división de poderes: ¡el judicial para controlar el dinero y sus movimientos, el legislativo para hacer leyes al respecto, y el ejecutivo para aplicarlas? Ya sé que hay leyes nacionales sobre esta materia, pero el dinero circula libre por el mundo. ¿La división de poderes global qué?: suspenso, algodón sucio. Si democracia es sufragio universal y los que votan de bolsa en bolsa son pocos, no es una votación limpia. Mandar por un tiempo es otro componente de la democracia, y los que invierten sumas inimaginables son dirigentes empresariales con puestos vitalicios se eligen a si mismos y no se van: otra prueba suspendida. ¿Gobierna la mayoría sin aplastar a la minoría?: aquí el algodón sale muy sucio de la prueba, ya que la minoría si aplasta a la mayoría. No hay progreso adecuado. ¡Me estoy convirtiendo en un mayordomo muy ilustrado! terminaré siendo un déspota ilustrado. Y, por último, la información: democracia sin información no es democracia. Los que tienen dinero más los que invierten manejan la información en tiempo real; y lo más grave: algunos en tiempo futuro. La mayoría, por el contrario, en tiempo pretérito. Como he demostrado, el dinero no pasa la prueba de la democracia, debería repetir la asignatura en septiembre, con limpieza del algodón como obligación añadida.

Con el algodón para la competencia sigo haciendo el trabajo del mayordomo impertinente. Competencia es competir, y toda competición, para ser digna del nombre, debe tener reglas conocidas y respetadas por todo; de no ser así se desvirtúa con resultados aberrantes. Se imaginan que, en los cien metros lisos, unos salieran del ciento treinta o cuarenta y otros del menos cincuenta. ¿Quién pone las reglas a la riqueza mundial o al movimiento del dinero? Para que la competición sea digna -y ya que no pueden participar todos- que al menos que sea justo entre los participantes, al igual que un máster de tenis con unos jugadores con saque explosivo y otros con un buen juego de fondo. ¡Que se transmita por televisión, por favor! La competencia hace bajar los precios -esto es el no va más de la competencia-, pero en el movimiento del dinero, ¿bajar qué? ¡El aire, la nada, la fuerza invisible o así mismo! La competencia favorece el comercio, es impertinente repetirse, pero como mayordomo también repito el final de mes cuando cobro. Continuo. El movimiento sintético de capitales entre las bolsas favores el comercio: ¿de qué? A nivel nacional hay árbitros que intentan poner orden, tribunales de la competencia global, no. Otra asignatura sucia: si quieren aprobar en septiembre deberían dedicar el verano en competir para ver quién limpia mejor.

En cuanto al progreso, que es avanzar, la tesis del dinero no tiene visos de pasar la prueba, porque si más personas viven peor a pesar de que más viven mejor, demuestra que algo no funciona. A pesar de todo, este punto es el más difícil de cuantificar por la inmensa tarea que representa y por los criterios necesarios para ponerse de acuerdo. Es cierto que el mundo progresa, pero en muchas ocasiones gracias a individualidades y ONG múltiples; George Soros, el gran especulador, distribuye riqueza y la solidaridad de muchos con poco dinero; ayuda a los excluidos de la riqueza a que sean menos. Las grandes bolsas de riqueza hacen poco por evitar el hambre o para que aumente la educación en países subdesarrollados; igual ocurre con la sanidad. En cambio, el ejército de ONGs reparte comida entre los necesitados con guerras por medio o catástrofes naturales y educan o sanan a personas que no tienen nada. En cuanto a la libertad, que es inseparable del progreso, el hambre no deja ser libre, aunque tengan democracia: es una democracia formal. Progresar es evolucionar, mejorar, desarrollarse y no ocurre así a nivel global. La conclusión es que no es suficiente que muchos tengan más si los más no tienen nada.

¿Si un zumo de naranja embotellada tiene un diez por ciento de naranja, que clase de zumo es? La prueba del algodón consiste en separar los componentes, determinar que parte es naranja democrática y cual colorante, aromas, estabilizantes etc. Cuando la tesis global nombra a la competencia, ¿a qué se refiere?, a los estabilizantes, conservantes, de que parte de zumo hablan. Progresar con justicia y orden, así como con democracia y competencia, es un producto que se vende bien, pero de que cantidad de esencia hablan. Más bien es sintético, como las ganancias del dinero en el mercado continuo de bolsas planetarias. El mayordomo no es justo con los subordinados, les exige perfección y ésta no existe, pero la cantidad de zumo autentico debe ser lo suficiente para que el algodón no de la nota de insuficiente progreso.

La justicia es: a cada uno lo suyo. ¿Qué hacemos con los que no tienen nada? No tienen derecho a vivir y prosperar democráticamente, a ser dueños de la tierra que pisan, el aire que respiran o el agua que deberían tener para beber. Es cierto que no gastan, pero el beneficio sintético no produce y se hacen dueño de la tierra. Justicia también es prestar a la sociedad los servicios debidos; es de justicia que el dinero pague impuestos para darles servicios a los que no poseen nada. Distribución justa de bienes y cargas: ¡que injusticia! Unos tienen todos los bienes y otros las cargas. No es justa la actitud de no pagar impuestos quien tiene para ayudar a los que no. No pasan la prueba de la justicia, hace años que llega septiembre y no han hecho los deberes: repiten equidad, ecuanimidad y conciencia.

Al dinero le encanta el orden, por eso en las bolsas hay desorden, empujones, traiciones, privilegiadas, papeles en el parquet. El mayordomo carraspea y pone más que nunca cara de impertinente, y con el algodón de orden en la mano no esta dispuesto a dejar pasar ni una. El objetivo del orden es el bien común. Debe estar mal la definición de orden, de lo contrario, cero total con despido procedente. Buena disposición de las cosas entre sí también es orden; el desorden es evidente: unos apelotonados sin dinero y éste apelotonado en pocas manos. Equilibrio entre colectivismo e individualismo y, fracasado el colectivismo, sólo queda el individualismo, no de muchos y sí de pocos sobre el colectivo. El orden necesita una autoridad que garantice los deberes y derechos sociales, y sin autoridad global para hacer cumplir los deberes al dinero y los derechos de los necesitados: es el dinero, la riqueza, quien pone orden sobre los pobres y desorden entre ellos. Si orden es proporción, equilibrio, armonía y razón, los deberes del dinero los tiene acumulados y aumentan cada año que pasa. Como se pueden imaginar el mayordomo está indignado con la prueba al orden, no es suficiente con el suspenso. Es con mucho la peor de los cinco.

Dinero y dinero sintético no pasan la prueba del algodón porque no es democrático, ni respeta la competencia, ni progresa adecuadamente ya que es injusto y no tiene orden.

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