PERSONAS
T E S I S
Hace mucho tiempo que se inició la globalización, aunque hace poco que le hemos puesto nombre y creemos que con esto ya podemos resolver todos los problemas de la Humanidad. Los avances en comunicación terrestres y aéreos permiten más movimientos de personas y objetos. Esto no quiere decir que todos lo puedan hacer, la impaciencia es un defecto; al poner la palabra globalización sobre la mesa muchos creen que todo y ahora, puede y debe ser global. Es una tendencia y llevará tiempo para que se cumpla. Como si un naufrago descubriese un bote salvavidas perdido en el horizonte: si se precipita puede que no llegue nunca. Lo más apropiado es acercarse procurando gastar el mínimo de energía. Llevamos siglos globalizando el planeta y de pronto, con los inventos en información, creemos haber llegado a la meta y no es así. Queda un largo trecho y ponerse nervioso sólo conseguirá que perdamos más tiempo; moverse descontroladamente es gastar energía que necesitaremos más adelante.
Hay países que reciben más turistas que habitantes tiene. Este movimiento de personas -que, dicho sea de paso, es un mercado floreciente al que casi todos los países se apuntan por algún motivo- no puede ser elevado al todo, se necesita tiempo. De cualquier manera, es una fuerza imparable. Hay otros movimientos de personas más profundos que no se aprecian tanto. Así, los cambios de residencia de un país a otro por motivos simplemente personales: familias enteras deciden irse a vivir a otro país por gusto por tener más expectativas laborales o de estudios para sus hijos. Otro movimiento de personas en aumento geométrico es el de los negocios gracias al desarrollo de las transferencias de capital y de las comunicaciones terrestres que han posibilitado el aumento de las mercancías: resultado, el aumento de empleados y directivos de empresas que viajan, antes, con y después de hacer negocios. Esto es riqueza, progreso y, además, cultura; no hay nada mejor que visitar un país por vacaciones o negocios para tener conocimientos múltiples y disfrutar de nuevas sensaciones. Si sumáramos todas las personas que viajan nos daríamos cuenta de que una parte del mundo ya es global.
No hay varita mágica que ponga a todos los países de acuerdo en una legislación pareja o única para facilitar el movimiento de todo el mundo. Se necesita tiempo y es contraproducente acelerarlo o imponerlo. Sólo queda el convencimiento y la necesidad económica de cada país. Estos tienen dentro de sus fronteras problemas acuciantes que no le dejan reaccionar -y aunque así fuese- y tienen que luchar para convencer a sus ciudadanos de la bondad de la globalización. El movimiento antiglobal quiere que todas las personas viajen y esta contradicción general contiene muchas en particular. Muchos quieren lo global, pero no que se llenen sus barrios de inmigrantes. Los antiglobales tendrán que convencer primero a sus propios conciudadanos de que les beneficia que todo el mundo pueda ir a trabajar donde quiera. No es el motivo de esta tesis referente a las personas decir a los antiglobales lo que tienen que hacer, pero tienen un trabajo arduo por delante.
Los países ricos son focos de atracción para personas necesitadas o con problemas políticos y legales. Por mucha y buena voluntad que pongamos, no puede ser que todos los que lo deseen se puedan dirigir a los países ricos. El desorden siempre es malo y, por desgracia, los millones de personas con deseos de instalarse en el bienestar son tantas que se podría convertir en malestar. Se hace lo que se puede y más, como invertir en países pobres con criterios no sólo comercial también político. La estabilidad política y económica de estos países es la mejor garantía de prevenir avalanchas de personas buscando cobijo en las economías saneadas. No hay trabajo para todos, de ahí la necesidad de cuotas de entrada. Los países ricos tienen necesidad de mano de obra especializada por un lado y, por otro, sin ella para trabajos de baja cualificación. Puede haber sitio para muchos, pero no para todos, y menos en desorden: la economía de cualquier país se resentiría más aún. Las cuotas permiten dar tiempo al tiempo y más adelante la propia economía permitirá más trabajadores de los países pobres. Sin cuotas corremos el riesgo de acabar con la gallina de los huevos de oro; ayudar es hacerlo con orden para seguir ayudando en el tiempo. ¿Qué pasaría si en un país de sesenta millones entrasen seis o diez millones en poco tiempo? Se crearía la sensación de una invasión, la psicología también cuenta, las personas necesitan adaptarse. Luego está la afinidad cultural. No es lo mismo culturas contrapuestas o afines; no es igual que se disuelvan en el país receptor que otras que crean guetos donde los nativos no puedan entrar por sentirse extraño. El inmigrante no siempre se adapta al país, bien por venir de culturas diferentes o no encontrar trabajo teniendo que recurrir a la mendicidad y en algunos casos delinquir. Además, el desorden en los países pobres y en la llegada de éstos a los países ricos hace imposible saber quién viene con antecedentes penales.
La buena voluntad no es suficiente. Hay que ser prácticos y la sociedad tiene que aceptar el egoísmo, tanto económico como social; aquél no siempre es negativo porque el mundo será global pero no hoy, ni mañana, tal vez pasado mañana cuando todos los mercados estén abiertos y todos los países -o casi todos- acepten el libre comercio. Cuando esto ocurra las personas podrán circular sin cortapisas de ningún tipo, aunque haya problemas como siempre, pero la globalización será realidad. Mientras tanto sólo pasito a pasito se llega a la meta, que no es otra que el bienestar general.
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