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Capítulo décimo

 

GRANDES EMPRESAS

TESIS

 

 

 

 

 

El ser humano no podría vivir si renunciara a las grandes empresas. Estos proyectos -que se iniciaron sin saber el final- cuenta con muchos fracasos, pero otras personas les siguieron para completarlos, y, al igual que las grandes conquistas de la Humanidad, nunca le faltaron los detractores, las empresas globales no podían ser menos. Si el comercio entre países aumenta cada año es normal que al final las empresas salten las fronteras y quienes las iban a pasar mejor que las empresas -ya grandes de por sí- en sus respectivas naciones. Este salto lógico ha dado como resultado empresas internacionales con una masa en dinero, recursos y personal astronómico. Además, se han interrelacionado mucho más entre ellas. Es muy difícil encontrar una gran empresa puntera en un sector que no tenga actividad en varios a la vez, con varios países de por medio. Se relacionan con otras empresas -aparte de clientes y proveedores- bien por el accionariado, comisiones, participaciones, proyectos, o bien de forma indirecta, al relacionarse con una tercera, dependiendo el buen funcionamiento de las dos, el propio proyecto de la primera.

No hay manera de impedir el crecimiento de una empresa, aparte claro está que fuese un monopolio y fuesen los políticos los que interviniesen para evitar abusos. Aparte de este caso, cualquiera otra intervención de la política limitando el movimiento de las empresas causaría pobreza, ya que las empresas, ante la oposición de leyes injustas, desvían las inversiones hacia otros países o actividad para seguir creciendo.

Los agoreros que anunciaron el fin del mundo por las grandes invenciones luego se beneficiaron de ellas. Con las grandes empresas del presente pasa tres cuartos de lo mismo: aparte de la riqueza que crean y el empleo, se arriesgan en sectores nuevos, avanzadilla que luego aprovechan múltiples empresas pequeñas. No hay otra forma de poner en marcha grandes proyectos que beneficie a todos tales como poder beber agua de un grifo, circular por autopista o que llegue petróleo desde el polo. La masa de dinero, recursos, técnica y personal para construir estas obras son cada vez más grandes y complejas. Dependen la mayoría de las veces para poder llevarlo a buen puerto de la colaboración de varias empresas y países y, claro está, su beneficio mutuo.

Las inversiones necesarias para estos proyectos y otros como el espacial, por poner otro ejemplo, son inmensos y aunque en este caso los estados contribuyen directamente, es tan grande la cantidad de dinero que se necesita que sin la aportación de la empresa privada los estados no podrían plantearse poner una estación permanente en el espacio. Todos los sectores necesitan estas inversiones y sólo las grandes corporaciones tienen capacidad para invertir, directa o indirectamente en ellas, o participar directamente en su realización.

La cantidad de dinero que invierte una empresa de teléfono para que todos los ciudadanos de un país dispongan de cobertura con sus móviles no sería posible si no fuese esta empresa lo suficientemente grande o no tuviera la capacidad de recoger inversiones de otras, o particulares para ponerlas en práctica. También capacidad de investigación. Todos los grandes proyectos de nuevas tecnología -la estación espacial mencionada anteriormente- representan en realidad miles de equipos humanos investigando. Todo lo relacionado con la información es un campo de inversión e investigación que está en pañales; lo que nos queda por ver en los próximos años no lo saben ni siquiera quienes están investigando en dicho sector económico. Hay muchos campos abiertos: electrónica, automoción, etc. Uno de los más grandes y que absorbe cantidad de inversión e investigación por tener más futuro es la medicina. Las innovaciones son tan rápidas e importantes que llegan a plantear dudas éticas a la sociedad. No hay que tener miedo a lo nuevo porque la sociedad tiene sus propias defensas. En este caso son los propios científicos los más interesados en no romper los moldes básicos del ser humano. Lógicamente siempre hay excepciones, pero los miedos a los nuevos inventos desaparecen con el uso y el buen hacer de las personas que dedican su vida a llevarlo a buen término.

Todo lo descrito anteriormente se podrá realizar gracias a las empresas globales, por inversión y equipos humanos necesarios; los resultados serán beneficiosos para todos los países, incluidos los que no participan y, sobre todo, para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Incluso las cosas cotidianas para mejorar necesitan de estas empresas que arriesgan en nuevos productos o formas para que el ciudadano corriente pueda participar. Piensen en las tiendas obsoletas con propietarios, dando lo mejor de sí y no consiguen estar al día. No basta con la buena voluntad, se necesita dinero y tecnología para poder atender a las nuevas necesidades de la mayoría.

Las grandes superficies con horarios para todas las necesidades y productos igual, con todos los sectores del comercio en un mismo espacio: comida, objetos, comunicación, ocio, etc. Estas empresas tienen personal dedicadas exclusivamente a pensar formas de que el cliente se siente cómodo, tarde menos en comprar, encuentre de todo; gamas de productos completas para toda la familia y a un precio competitivo. Le obliga a ello la competencia de otras grandes empresas dedicadas a lo mismo. Todo esto no sería posible si estas empresas no fuesen grandes corporaciones instaladas en varios países, que facilitan el que se pueda transportar la tecnología de un país a otro con una simple llamada entre ejecutivos.

No es fácil que un producto de calidad, un diseño de moda, una marca con valor añadido de años esté disponible en todo el mundo el mismo día. Se necesita inversión, infraestructuras, técnica. Esto se ha conseguido inventando las franquicias: miles de tiendas con un diseño de calidad y productos igual. El dueño de este tipo de negocio no tiene que jugarse sus ahorros, ya que la marca, cuando decide confiar en él, sabe que el riesgo es asumible.

Globalización es igual a grandes empresas (megaempresa o como se las quiera llamar). Normalmente están compuestas por otras más pequeñas para estar más cerca del consumidor o actividad concreta, mediante contratas o subcontratas para poder competir mejor en un mercado abierto al mundo. La imposibilidad de luchar con una empresa pequeña es manifiesta; sólo queda la empresa global para luchar en un mundo cada vez más pequeño gracias a los transportes y la comunicación (y sin embargo tan grande).

Cuando el pequeño ahorrador decide invertir lo primero que hace es dirigirse a un gran banco. Sabe que el riesgo es menor al tener dicho banco las patas sobre varios continentes. Pueden fallar varios países, pero duda -con razón- que el sistema caiga completo. La seguridad de un banco es para una mujer u hombre corriente la medida del mundo actual (y más aún para el futuro). La posibilidad de llegar con sus ahorros a cualquier parte -por muy pequeño que este sea- da seguridad. Y quien dice bancos dice compañías de seguros, constructoras, industrias, distribución, o cualquier otra que domine varias zonas del planeta o varias actividades a la vez.

Las grandes empresas necesitan moverse en un marco jurídico seguro, con reglas claras. El responsable de que esto sea así es el gobierno de cada estado: le corresponde asegurarlo y ponerlo en marcha para que las empresas desarrollen todo el potencial que sean capaces. El gobierno tiene la responsabilidad de marcar la línea de cuanta economía pública y privada. Si da preferencia a la pública deberá tener en cuenta que ésta también se dedica a los grandes proyectos y, por tanto, a las empresas privadas les es muy difícil crecer; y si lo hacen seria a pesar de esta competencia desleal. Esto no quiere decir que desaparezca la empresa pública, pero sí que se reduzca a la mínima expresión: ya tiene el estado suficientes monopolios o cuasi monopolios en sectores básicos, como seguridad, educación, sanidad, etc., que junto con la propia Administración llega al treinta, cuarenta y cincuenta por ciento del producto interior bruto del país, y esto es demasiado porque reduce las posibilidades económicas de las empresas privadas. Incluso partes importantes del sector público deberían pasar al sector privado. Estas empresas podrían encargarse de muchas de estas actividades. Sólo tienen que recibir el encargo con las directrices y saldrían más barato, ya que la empresa privada controlaría el resultado económico, reduciendo costos donde se pueda sin dejar atrás los objetivos marcados por el estado y con los controles correspondientes.

Hay actividades económicas muy complejas y técnicas que necesitan mucha inversión y que además es innecesaria la duplicidad por el elevado coste. Así, un monopolio privado no tiene por qué ser negativo. Al igual que el caso anterior, la empresa privada lo único que necesita para ser justa son las reglas: zona de actividad, precio al público, inversiones obligatorias, etc., dejando margen de maniobra para que la empresa pueda investigar formas de reducir costes sin perjuicios de los objetivos finales marcados por el gobierno. Y si este decide más control o bajar precios, todo se puede negociar.

No poner trabas a que las grandes empresas desarrollen sus negocios trae consigo varias cosas positivas: en primer lugar que estas crezcan (que tal y como va el mundo de los negocios con empresas competidoras cada vez más grandes no es mal objetivo); en segundo lugar, la bajada de precios gracias a la terrible competencia entre grandes empresas para conseguir clientes; tercero, la creación de empleo estable por tener objetivos a largo plazo, así como el desarrollo de las nuevas tecnologías que es un valor añadido, y que cualquiera de estas empresas acumulan al estar permanente al día, con recursos disponibles y personal preparado.

Se les acusa a las grandes corporaciones de estar ajenos a la sociedad y no es así. Cada vez hay más ciudadanos que inviertan en bolsa. La mayoría son pequeños ahorradores que -gracias al crecimiento económico de los países desarrollados- se ha creado un interés cada vez mayor en participar en las decisiones que les afectan. Y es a través del accionariado -aunque de manera indirecta- cómo los pequeños ahorradores pueden participar en las asambleas de accionistas y en los Consejos de Administración, donde participan directamente los inversores más grandes. Un gran banco no está de espaldas a la sociedad. Es cierto que la dirección es una persona o un equipo reducido, pero la influencia de los accionistas mayoritarios, medianos y pequeños por los conductos reglamentarios o representación transmiten a la dirección las preocupaciones de la sociedad. Ganar dinero legítimamente no es otra cosa que desear mejorar sin perjudicar a terceros. Las personas normales lo entienden y -a fuerza de perseverancia- las grandes corporaciones, ya sean bancos, constructoras o distribuidoras, conseguirán que la mayoría comprendan que ganar dinero no perjudica a los que menos tienen, sino todo lo contrario.

 

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