INFORMACIÓN
ANTITESIS
Según la tesis la información es poder, debe ser por eso que ahora los
poderosos lo son más, ya que al poder de la fuerza económica y religiosa se ha añadido
la mediática. Antes había poca información para pocos y ahora mucha para los
mismos; más infinidad falsa para muchos, guardada para otros tantos, y la
mayoría sin información ni nada. Secretos oficiales, información privilegiada,
oficial o privada, de megaempresas y aprendices de éstas, para ricos y
poderosos; para el resto, saturación, competencia excesiva, publicidad engañosa,
lagunas informativas por falsas o no emitidas. Para saber si una información es
verdadera hay que verificarla, se comprueba con hipótesis y lleva su tiempo, y las
bofetadas de información es tal que sólo las oímos o vemos sin darnos tiempo en
verificar el resultado. La competencia mediática debería servir para comprobar
si una noticia es falsa o verdadera, pero al ser excesiva aturde por cantidad, monótona o divertida.
Contrastar la información es la solución, pero cómo hacerlo: leyendo
varios periódicos, cadenas de televisión al mismo tiempo que una emisora de
radio y en Internet por las noches, teniendo en cuenta la parte ideológica y
económica de los medios. Comprobar debe ser cosa de ellos antes de publicar o
emitir y cuantas veces no la verifican por temor a perder tiempo frente a los
competidores; otras veces el tiempo no es el problema y sí la solución (o
simplemente no se preocupan). La competencia -que es un bien- termina mal, al
igual que en los capítulos anteriores. Para saberlo, analizaremos la
información diseccionándola en: no provocadas o verdaderas, provocadas,
fabricadas, no emitidas, falsas y los que se autoexcluyen de opinar; todas
interrelacionadas unas con otras o todas a la vez.
Las verdaderas o no provocadas deberían ser la mayor con defectos
menores y es al revés: los sucesos buenos o malos y las opiniones a favor,
distintas o contrarias, se diluyen o distorsionan entre las demás, añadiéndole
la confusión que provoca las tendencias políticas o el poder economía que
sostiene el medio que las emite, que no es un factor distorsionante en sí sino
al revés, pero que sumadas a las demás provocan que no se sepa quien dice la
verdad o su verdad, si es que lo pretenden, ya que en muchos casos van
camufladas para el lector, oyente o televidente normal.
En sí esta confusión no debería dar problemas, pero al sumar las
provocadas por los gobiernos, la cosa cambia. Estos quieren tener siempre la
iniciativa política en relación con el poder de los medios de comunicación,
provocando en el momento que más les conviene los logros verdaderos o
ficticios, proyectos posibles o imposibles, ataques verdaderos o falsos a los
contrarios políticos, datos económicos atrasados o adelantados para descolocar
a las empresas y contrarios: estos siempre están en el punto de mira para quien
gobierna. Las empresas -y cuanto más grande, más fácil lo tienen-, provocan
noticias interesadas para colocar o descolocar a los competidores si los tienen,
o para preparar a los futuros clientes; fusiones u OPAS para beneficiarse de
subidas en las bolsas. Incluso particulares se apuntan al juego provocando
noticias del corazón relacionadas unas veces con los poderes económicos,
políticos o, simplemente, rosas. Hasta los terroristas matan en fechas
interesadas para ellos, creyendo que con este sufrimiento -en un momento
determinado- le viene mejor a su sinrazón. Los medios de comunicación no son
ajenos a estas noticias provocadas, no ya como intermediarios -que también-,
sino como protagonistas de la acción: provocando a políticos, empresas y, sobre
todo, a particulares, poniéndoles cebos para que insulten, pierdan los nervios
y sea noticia una banalidad en el momento adecuado a sus intereses. ¡Todo vale
para el espectáculo! Una noticia puede ser verdad o no, pero al ser provocada
en el tiempo cambia (al igual que si no es emitida).
Las hay fabricadas en su totalidad como la publicidad, que es en sí una fábrica
de hacer noticias para el consumidor. Las producen en forma de noticias o
utilizan la provocación, para alterar los instintos. No son pocas las denuncias
por pasarse de sexo o violencia en los anuncios. Acontecimientos deportivos que
no existirían si no fuese por la televisión puestos en escena para rellenar
horas interminables de programación. ¿Quién no ha visto en los medios
televisivos un estadio vacío con publicidad estática en movimiento, como si
fuese un gran espectáculo? No digamos ya la televisión como factor de provocar
noticias: peleas previas de boxeadores para aumentar la audiencia, artistas
pillados en poses inadecuadas a propósito para vender mejor, peleas en platós
frente a las cámaras, coloquios dislocados por distancias excesivas entre los
participantes para que se griten y si se pegan mejor, o muchos participantes
para que se conviertan en masa de gritos. La mejor noticia es lo más raro, y
cuando no hay, se fabrica. Una cadena de televisión es capaz de preparar un
tanque para que aplaste el coche de un telespectador y pillarle por sorpresa en
ese instante para decirle: ¡le ha tocado!
Los políticos, los ricos, etc. También participan de esta fábrica de
noticias, confundidas con las provocadas o verdaderas con la intención malsana
de confundir a sus contrarios. Pero donde más se nota es en las no emitidas. Aquí
los poderosos tienen un interés patológico. Es una de las partes del poder que
tiende a expandirse. Se niega a los contrarios la posibilidad de críticas o,
simplemente, de posicionarse sobre cualquier tema para que no les reste poder,
y lo hacen a través de personas o empresas interpuestas -de no ser así no
estaríamos hablando de democracia-. Este apagón indirecto es cosa de políticos
y poderosos con medios afines. Los contrarios políticos -la oposición- reciben
por lo general un reloj sobre la cabeza, como una “espada de Damocles”, con la
cuchilla bien afilada para cortar por la décima de segundo que se pase en el
tiempo que les corresponde. El resto simplemente no salen, al menos que
organicen concentraciones multitudinarias o rompan cosas. Y si son noticias, lo
son por los rotos y no por el mensaje: como los ecologistas, antiglobales,
pobres, etc. Así, organizaciones políticas extraparlamentarias u organizaciones
sociales opuestas a los gobiernos no existen, se le recluyen al ostracismo o a la
alternativa de provocar noticias y participar en la confusión, y si lo hacen
aparecen como el contrapunto del todo va bien.
Luego están los excluidos individuales, empezando por los artistas
modestos, por espectáculos demasiados provocativos donde se critican al poder y,
sobre todo, los intelectuales: unos seres molestos que no pierden la
oportunidad de un medio televisivo para criticar a los medios y a los poderosos.
Estos individuos tienen la manía (¡fea costumbre!) de exponer las ideas con una
cantidad de palabras excesivas para explicar una razón; tienen que encuadrarlas
con todos los flecos en orden y, claro, la audiencia se le va a la competencia.
Los empresarios de medios de comunicación deben pensar porqué no aprenden a
decir una verdad en quince segundos. A los políticos no les gusta que les
descubran las trampas y estas personas viven de buscar trampas para que no
tropecemos la mayoría. ¿Qué ocurre con los intelectuales en estas
circunstancias? Que se autoexcluyen, no quieren participar en las televisiones
donde no les dejan explicar con detenimiento sus argumentos; incluso son
denigrados por cualquier motivo o error involuntario, repitiendo la gracia sin
fin, y al no ser personas públicas del espectáculo que, al repetir una
equivocación cien veces, los hacen más famosos: renuncian. No participan en
coloquios donde el moderador lo que menos hace es moderar: es un agitador
provocando discusiones personales en vez de argumentos. Así las personas que
tienen algo que decir lo escriben en la prensa o sólo se dedican a escribir y
viven fuera del medio más poderoso de comunicación. Los contarios a la posición
dominante se autoexcluyen, no quieren participar, o mejor, no quieren convertirse
en espectáculo. Esto hace bajar el nivel de ideas y se convierten en medios de
espectáculos y sólo espectáculo. Incluso en el mundo del espectáculo o del
corazón, los autoexcluidos aumentan sin parar: se tapan la cara, corren
despavoridos con fotógrafos y periodistas detrás por culpa de una exclusiva que
vendieron o no. Es como si estuviesen obligados a vender toda su vida presente
y futura. Si los periodistas viven de los famosos como los carniceros de sus
clientes. ¿Quién ha visto a los carniceros con el hacha detrás de los clientes
diciéndoles?: ¡cómpreme un filete! Y ante la contestación: ¡déjeme en paz!, el
periodista responde: ¡estoy trabajando!
¿Cuántas noticias falsas hay? Imposible saberlo. La interrelación con
las verdaderas, provocadas, fabricadas, no emitidas y los que se autoexcluyen
es tal que saber si son falsas, enteras, medias o no ajustadas a la verdad es
una tarea imposible. ¿Quién puede dar una noticia falsa? A saber: los gobiernos
con todos sus ministros, partidos políticos, ricos o dirigentes de megaempresas,
particulares, todos los medios de comunicación. ¿Cuántas verificaciones habría
que hacer? ¿Qué porcentaje de noticias salen comprobadas? ¿Cuántas pasan de
medios a medios sin comprobarse las fuentes?
Básicamente el ciudadano se pone en guardia ante tanta falsedad. Esto,
que es positivo, termina produciendo lo del mentiroso, que una vez pillado en
varias mentiras todo se le supone mentira; si el lobo no viene a la tercera vez
que se grita, no hay lobo, y si lo hubiera nos convertimos en corderos
silenciosos.
La antítesis a la tesis global en este capítulo relativo a los medios de
comunicación es una crítica a la televisión. Internet es muy joven, la radio y
la prensa por desgracia no son masivas y los errores que sin duda cometen son
menores por este motivo; también por ser en general más plurales y con más
experiencia por haber participado en convulsiones sociales donde tuvieron su
parte de responsabilidad. Las críticas a la televisión son respondidas de
inmediato por esta: cualquier mención a una ley de medios de comunicación es
contestada con la frase: “la mejor ley de prensa es la que no existe” ¡Todos
fuera! No hay manera de entrar a discutir sobre como regular los medios, nadie
les critica, es poderoso caballero el presentador de televisión, en cualquier
momento puede soltar una pulla a destiempo contra una crítica anterior. Claro
que se les critica en la prensa, pero no en pantalla. Unos por interés como los
políticos -no vaya a ser que les hagan campañas en contra-, otros por miedo a
que les cambie la vida por ataques continuos desde programas frívolos. Dominan
el medio: si es un espectáculo, el mejor artista es el presentador o con
presentadores, si es un debate, el moderador es un periodista y los invitados
también, excepto notas de color: artistas o políticos de segunda fila. Si
analizamos un coloquio en todas sus partes nos da: el lugar físico es un medio
de comunicación, el que modera un periodista y la mayoría de los invitados
también. Son jueces y parte, y si el defensor es un damnificado por alguna
información, casi seguro que no es un periodista. De vez en cuando llaman a
profesionales de cualquier actividad, pero en estos casos sólo con participar
ya es un premio (como para criticar en esas circunstancias); y cuando algunas
personas se enfrentan a ellos reciben la contestación siguiente: no todos los
periodistas o medios de comunicación somos iguales, hay un tanto por ciento
pequeño que no representa a la mayoría. Si la contestación fuese de un vendedor
ante las quejas de un comprador por defectos graves, la contra respuesta seria:
o un coche nuevo o nos vemos en el juzgado ya. Pero el personaje en cuestión ya
no es libre, no puede reclamar justicia informativa; cuanto más hable peor, lo
mejor pasar desapercibido: no tiene defensor del telespectador.
Todo vale en un reality-show: sangre, sexo, sentimientos, desencuentros,
de uno en uno, de dos en dos, o todos a la vez, en un concurso falso o bestia,
en una disputa de sangre y sexo con sentimientos y desencuentros, con el
presentador subido a una mesa azuzando al más necesitado para que no decaiga el
show. “Un espectador sufre una catarsis al presenciar una tragedia purificándose”,
decía Aristóteles. El telespectador presencia brutalidades gratuitas, tragedias
diarias que no purifican, pues sólo ve parte de la tragedia, no sufrimos una
catarsis, vivimos en ella. Que sean verdaderas o ficticias da igual, el
desorden permanente distorsiona la realidad, aunque se sepa que es ficción; y
si da resultado el programa, se produce el efecto fotocopia: muchas cadenas con
temas parecidos compitiendo por los ojos de los telespectadores ávidos de
sorpresas sangrientas.
Los medios de comunicación y, en general, la televisión, viven de y para
las encuestas, como los políticos. Hacen preguntas obvias en sondeos aleatorios
o pagan encuestas para saber la aceptación de la programación; están pendientes
del share de los programas: si uno tiene éxito lo explotan al máximo y si no
llega a cierto nivel, la guillotina; no dejan madurar la idea del espacio como
tiempo al espectador para que se acostumbre a lo nuevo: batacazos millonarios
por décimas de menos en el share. Lo más visto es lo mejor, y se nos da más de
lo mismo, aunque esto sea lo más aberrante. Ante la crítica de la aberración,
la respuesta oportuna: se hace lo que le gusta al telespectador. Por este
camino para qué trabajar si lo mejor es no hacer nada: si al niño o niña lo que
le gusta es jugar para que llevarlos a la escuela. El placer como valor único.
La creatividad no es seguir al abanderado, son los caminos difusos de lo
desconocido, el esfuerzo de encontrar vías mentales ante la dificultad. El
espectador no elije, se lo dan hecho sobre su propia elección sin serlo: ve el
programa menos malo y le cuentan como lo que más le gusta y le ponen otros
parecidos; un circulo vicioso endogámico hasta que la saturación patológica
salta por los aires y vuelta a empezar con otro programa diferente.
Se excluyan posibilidades artísticas por no llegar a cuotas de pantalla
aceptables para una cadena por interés publicitarios o simple competencia en el
ranquing general. Se censuran temas por suponer que serian perdedores de
entrada; presumen de que temas minoritarios no tendrán la aceptación del
público suficiente para sus previsiones de ganancias. Tantos supuestos más
seguir la rueda del primero les priva de una salida por el margen, que es la
perspectiva general de invertir en la creación con limites escasos. Esta
prohibición por intereses económicos se suma a las informaciones no emitidas
por intereses políticos y da un resultado reduccionista del mundo, donde lo
importante se margina o no se destaca lo suficiente y se quedan sin espacio
inmensas lagunas de creación.
Excluir es un verbo usado y no nombrado. El partido que gana las
elecciones regula el acceso a los medios, usa la mayoría para reproducirla en
órganos dependientes de los parlamentos; así el poder de ganar en general se
expande en órganos o entes públicos. El que gana se lo lleva todo y el resto es
excluido sin derecho al pataleo, pues no es excluido y sí regulado. Si con esto
no es suficiente, el poder organiza monopolios económicos mediáticos para limitar
los medios a las críticas, y ésta, que es básica para el funcionamiento de la
democracia, es limitada directa o indirectamente por el que ostenta el poder
por un tiempo con la pretensión de retenerlo. Sin darse cuenta como dice la
tesis, la información se cuela por cualquier rendija de vallas legales. El
problema es que llega demasiado tarde; cuando los problemas se han podrido de
tanto aguantar sin resolverlos: por saberlo y no hacerlo al principio y por ignorancia
después, por no llegarles la realidad por culpa de tantos parches legales,
ilegales o monopolios contra las críticas. El resultado es que el partido deja
el poder en situación calamitosa, con juicios pendientes por corrupciones
acumuladas, por culpa de tantos años atrasando la llegada de la realidad. Esto
provoca un bandazo en las preferencias de los electores que, hartos de
manipulaciones, no les importa respaldar el nacimiento de otro con tal de
librarse del actual.
La tesis da por hecho que la información derriba a las dictaduras,
siendo verdad en la mayor queda la menor de dictadores que la utilizan para
perpetuarse, cosa que no ocurriría sin tantos medios al alcance de estos
dictadores. Así lo que es libertad se convierte en cárcel mediática a la que
contribuye los propios medios de difusión de las democracias proporcionándoles
medios, ideas y soporte mediático.
En las campañas electorales con el reparto del tiempo en los medios y
dinero entre los que han ganado o perdido en las anteriores elecciones no da
opción a los demás para ofrecer proyectos nuevos que permitan renovar la
endogamia de partidos instalados en el poder y en la oposición.
Tanta información enajena, atonta con sorpresas continuas, manteniendo
los sentidos ocupados sin poderse defender y no poder descubrir las
informaciones no emitidas al estar separada la realidad mediática de la vida
cotidiana. Esta desinformación por excesos de datos en unos temas y nula en
otros, alinea la conciencia general. Los muertos de hambre en las pantallas son
lejanos sin conexión económica, política o social con el telespectador. La
realidad se halla fuera de lo cotidiano. La sorpresa surge cuando esta realidad
se presenta de súbito y se elimina la enajenación porque los cadáveres aparecen
en la puerta de casa sin previo análisis o hipótesis. Los que mandan ayudan a
esta ceguera, proporcionando cuantas cortinas puedan tapar lo malo, y cuando ya
no pueden, le echan la culpa al último culpable. La Maldad o sucesos negativos
no surgen por generación espontánea y sí por estar el terreno abonado para que
nazcan y se desarrollen hasta que se presentan con toda su crueldad cotidiana.
“Para la filosofía, conocer por conocer es la más elevada y a la vez la
más inútil de todas las ciencias” Como dice Ferrater Mora en su Diccionario de
Filosofía. No así para ciertas empresas: conocer el ADN de todos no sería
inútil: sería abuso de poder. La información excesiva, en particular o en
general por el aturdimiento que causa, las provocadas, fabricadas, no emitidas,
falsas, más los que se excluyen. Necesitan ser reguladas por ley. La
globalización de la información es una circunferencia de puntos de poder, dando
vueltas sobre los inocentes, incrustados en este círculo con diferentes grados
de desinformación; desde el hambriento, pasando por todas las escalas, hasta
llegar a dirigentes excluidos de la circunferencia.
PRUEBA DEL ALGODÓN
Después de probar con el mayordomo eventual y la máquina receptora de
algodón y al tener que hilar muy fino para poder hacer la prueba a la
información, recurro al mayordomo primero con pose impertinente para depurar la
mayor cantidad de imperfecciones. En este tiempo ausente el mayordomo ha mutado,
se ha convertido en excluido y, como tal, mas que impertinente es
intransigente.
Si no hay ley de prensa es porque al ejecutivo no le interesa que se
legisle. Por lo tanto, no se puede juzgar esto a nivel nacional. A nivel
global, el algodón, al pasarlo por la división de poderes -que es parte de la
democracia-, no sale sucio, no sale, se queda pegado en la grasa de baldosas
rotas. Si un muerto de zona rica vale lo mismo que cincuenta en zona pobre para
salir en los medios de comunicación no es universal el sufragio de muertos. El
algodón se tiñe de rojo cuarenta y nueve veces de cincuenta que lo pasa. Si los
que tienen el dinero son los dueños de todos los medios, mandan en todo el
espacio y en el tiempo, el algodón sale sucio para la eternidad. El mayordomo,
por la experiencia de excluido, sabe que sólo un milagro puede evitar que la
mayoría aplaste a la minoría. El algodón sale sucio por los dos lados: por ser
la mayoría minoritaria y por abusar esta minoría de la mayoría. Democracia sin
información no es democracia y como la información no es democrática, el
algodón no engaña, sale de la prueba a tiras, con grasa, rojo, hummm...…
El mayordomo presencia la información aturdido, tiene que pasar el
algodón por la competencia y unos están cincuenta metros por delante de la
línea de salida, otros doscientos metros por detrás; la mayoría apelotonados en
la salida en el carril interior del espectáculo con sangre, los exteriores vacíos
y algunos despistados en los carriles intermedios de la cultura. El silbato
suceso suena continuamente: el algodón sale estresado, el mayordomo cabreado y
los ciudadanos pisoteados. La tarta siempre es la misma, el reparto es cada vez
más numeroso, las porciones son diminutas, caven en un cable; la competencia,
excesiva en la información, hace bajar los precios, la calidad, la diversidad, y
la veracidad. El algodón sale de protagonista y termina en la basura. Para
llegar a toda la tarta, la publicidad tiene que pagar por porciones. Esto
favorece el comercio, y como no es posible comprar todas, paga uno o varias
porciones con imágenes de impacto: el algodón sale desnudo, violento e imposible.
Quince minutos de gloria para la mayoría minoritaria, abiertos en canal,
hurgándoles los sentimientos con gotas de sangre salada. Así todos pueden
participar. El algodón sale sucio de sal. El árbitro de esta competición, ¿dónde
está? se pregunta el mayordomo y comprueba que fue pisoteado en la primera
salida, rematado en las siguientes.
El mayordomo después de treinta segundos pasando el algodón a la
competencia en la información está aturdido con tantas imágenes surrealistas,
tira el algodón y se dirige al progreso para comprobar si con tanta información
se vive mejor que en el pasado. Para sorpresa del mayordomo, el algodón sale
limpio al pasarlo por encima de la comida global. No puede ser, cambia de canal
y salen los muertos globales; repite la prueba en el tiempo y le sale cada vez más
limpio y sucio a la vez. El mayordomo tiene una intuición, la información
progresa para poner en contacto a los que comen con los que no, para
comérselos. Para llegar al último escalón global, hay que tener información y
progresar escalón a escalón. El primero es comer, el segundo libertad. Si la
base es la mayor y no suben el escalón, el algodón sale sucio piramidal. Los
que han subido a libertad con información progresan al escalón de la educación.
La pirámide se reduce, el trabajo del mayordomo tiene más brillo, lo puede
hacer público. Un escalón más y la sanidad global se reduce otra vez, con picos
de ricos con información para progresar en la pirámide. Al algodón le sale un
clon, un Dolly algodón. El mayordomo que ha subido todos los escalones para
hacer la prueba tropieza y cae golpeándose en los escalones, se da de bruces con
la base, con tan mala suerte que se deja un algodón arriba. Se limpia las
heridas con el otro y le sale sucio de hambre.
El mayordomo se muestra intransigente y exige justicia a la información
global si además de estar trabajando y golpearse o hambriento y venderse, tiene
que soportar que se rían de él con audiencias millonarias, que le empujen
después para mantener la audiencia. Es de justicia que se le dé a cada uno lo
suyo; el algodón sale sucio de recochineo. El veredicto adecuado de un acto tan
humillante e injusto sería una indemnización acorde con el desafuero, un
montante de información, un impuesto social, prestar a la sociedad los
servicios debidos: mientras, el algodón sale sucio de indefensión. Si quien
domina la información son los que tienen los bienes y medios y utilizan a todos
con las cargas de la información, el público algodón aparece sucio, tartamudo y
burro. A quien hace algo malo se le castiga por su falta de equidad y
ecuanimidad; si tiene fe, el castigo es su conciencia; trasmitir la injusticia
para que otros la resuelvan mientras sube la audiencia: el algodón sale y
vuelve sin tapar la herida. Quien tiene se paga la justicia, el que no, la
tiene de oficio: el algodón sale sin un lugar donde exigir justicia.
El mayordomo tiene mal recuerdo de la prueba al orden en el capítulo del
dinero. Éste es sintético, la información también. El desorden en las bolsas es
un reality show. Si dinero sintético no produce y la sangre en los platós no
son transfusiones para los necesitados, los medios de comunicación no tienen
orden, no es por el bien común. El mayordomo saca el algodón del plató en
desorden… no vaya a ser que se lo quemen con aplausos. La relación de verdad y
mentira, la calidad y mediocridad, seriedad y farándula, información y opinión,
justicia e injusticia, tienen un orden contrario a la buena disposición de las
cosas entre sí en los medios. El algodón sale con mentiras, sin calidad, con
peineta y con comentarios injustos. Miedo, debilidad, impotencia, intereses:
demasiados problemas a resolver y falta de ganas para poner orden en los medios
es lo que le falta a la autoridad para que garantice los deberes y derechos
sociales. El algodón global sale sin la autoridad. El orden en la información
ha transformado al algodón; el mayordomo lo pasó con armonía, en proporción,
con equilibrio: ya no es esponjoso ni tiene el tamaño adecuado, está
deshilachado y desordenado.
El veredicto de la prueba no da la nota mínima para el aprobado, la
información global es una asignatura pendiente, aunque se estudie en centros
públicos o privados: le sale demasiada juerga durante el curso para aprobar con
el esfuerzo de los últimos días antes de los exámenes.
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