GRANDES EMPRESAS
ANTITESIS
Las grandes empresas o megaempresas globales no son lo que parecen, han evolucionado hacia un transformismo tanto en tamaño como en la forma. No se explica de otra manera los sucesos que ocurren a diario. Cuanto más grandes son, menos empleados tienen, cosa lógica gracias a la mecanización. Pero estos están divididos: unos -los menos- pertenecen a la empresa madre, otros -los más- son subcontratados, y si la empresa los tratase como una madre no habría inconveniente: el problema es que los trata como una madrastra. Así, el volumen de negocios es astronómico y el censo de trabajadores diminuto. Nos hacen creer que se puede ser gigante sin extremidades, sin abdomen o tórax; sólo cabeza pensante ó ¡lleno de billetes!; el resto, son empresas que pululan a su alrededor buscando contratas al mejor postor: es decir ofrecer servicios lo más barato posible, que a su vez lo subcontratan. Reclamar por tabiques de casas mal realizadas es echarles las culpas a las cuadrillas que las ejecutó, contratadas, además, por un constructor que sólo hace tabiques, que a su vez ha sido contratado por una empresa que tiene un contrato con la responsable final; (o no). Los eslabones pueden ser tantos que es difícil llegar a saber quién es el responsable, y aunque al final pague quien tiene que pagar, no aparece como culpable; la transformación es perfecta: la empresa madre puede aparecer en publicidad como una empresa maravillosa, con obreros trabajando con batas blancas, rodeados de equipos técnicos de última generación.
Una petrolera suele dominar la extracción, el transporte, refinado, distribución y venta: mejor decir el cobro, pues el cliente se sirve solo; la evolución es sorprendente, no sólo es grande, domina el sistema. Además, hace trabajar al que paga. Este ejemplo cunde mucho, el poder tiende a ser absoluto y a creerse imprescindible; fabricar deportivas a dos y venderlas a doscientas dominando todo el proceso y anunciarlo como imprescindible, fidelizando a los clientes con factores culturales impidiendo la libre competencia mental, es otro ejemplo.
Las empresas globales han llegado a tal perfección que los objetivos máximos que se habían impuestos años atrás lo han conseguido con creces. Son una élite aristocrática que no llega a saber lo que pasa abajo, en la producción de sus propias empresas; y si lo saben y no ponen remedios, es peor. Imponen reglas draconianas a las contratas, a países enteros, a clientes minoritarios. O lo tomas o lo dejas. Y como el cliente quiere esa marca, tragan. O no se lo venden por tener la distribución en propiedad. Así, no es sorprendente que niños trabajen en condiciones de esclavitud doble por ser niños y trabajar y por las condiciones de (este). Que los dirigentes de estas empresas puedan vivir con estas aberraciones o desviaciones sólo se explica si se han creído su propia publicidad. Han contado para ello con el auge de los medios de comunicación de masas que transmiten un mundo de felicidad: todo bonito, fácil, sin esfuerzo. Goebbels dijo “Que una mentira dicha mil veces termina siendo verdad”. Si estas mil veces son dichas con imágenes creadas por los mejores publicistas el resultado es aterrador: deportivas que vuelan, coches que ligan, la chispa de la vida es una bebida. O al revés: una bebida es la chispa de la vida. Coches que vuelan, deportivas que ligan. Da lo mismo, no es de extrañar que los directivos se las crean. Pero todo tiene un límite. Un mentiroso puede tener engañados toda la vida a unos pocos o a todo un tiempo, pero no a todos todo el tiempo. Quien dijo esto acertó, pero la élite empresarial de las megas empresas no deben haberlo leído y han caído en la trampa de su perfección.
Vivimos en un engaño permanente, y si no tomamos medidas las grandes corporaciones seguirán por el mismo camino, cada vez más poder, abusando de él como todo poder que no tiene contrapoderes. Dentro de poco, o ya -no se sabe-, cualquier compañía de seguros de vida sólo le interesarán las pólizas de los que no morirán pronto. Con los avances en el genoma no sorprendería tal cosa, y si no tienen la información no será por falta de ganas y medios. Los contrapoderes deberían ser los propios trabajadores junto con sus sindicatos, pero no es así. Como ejemplo, los bancos: estos tienen todo el poder del dinero en sus cuentas, mueven cantidad de dinero -como países enteros-, sin embargo, los sindicatos no disponen de tota la información, ni de los proyectos o las cuentas reales, ni los medios para saberlo. Seguramente ni la mayoría de los directivos del cualquier banco están al día de todos los temas. Estos trabajan por objetivos, centrados en temas parciales, perfeccionándose sin fin, sin tener acceso a las otras partes de la empresa que les podría afectar personalmente.
La tesis globalizadora hace aguas por todas partes, lo que ocurre es que nos lo ocultan para que no nos demos cuenta de las aberraciones a las que han llegado. Lo mejor es estudiar a fondo las grandes empresas que se dedican a la venta con grandes superficies. Estas empresas trabajan directamente con el público consumidor y aunque intentan envolver las desviaciones, no es difícil encontrarlas. Lo primero que sorprende de las grandes superficies es que el mundo feliz existe: antes, durante y después del año ochenta y cuatro. Lo que Orwell y Huxley pensaron como posibilidad negativa a nivel nacional o mundial se ha hecho realidad en zonas preparadas a las que nos dirigimos encantados toda la familia –menos mal que podemos salir cuando queramos o si la tarjeta no da más de sí-. Luz tenue, música ambiental (Por Real Decreto del Ministerio de Sanidad ¡Usted no fume!). Seguros de no recibir un susto por atracadores. No ver lo desagradable de pobres pidiendo. El coche seguro. El bebé en el carro. Tanta perfección tiene precio: nominal y efectivo. Todo hay que pagarlo, las necesidades y los caprichos; la factura y el interés de la tarjeta; la voluntad de ir y la dependencia emocional del mundo feliz. Esto es lo que se ve. Debajo o a ras está la esencia, la colocación de todos los productos tiene un sentido estratégico comercial: no están puestos al ton ni son (Por cierto, los colocadores o reponedores, si después de catorce años deciden cambiar de profesión, en sus curriculum vitae pondrán: catorce años colocando botes). Los pasillos centrales tienen debajo una guerra comercial. No seria extraño encontrar en las páginas de sucesos esta información: se hieren a navajazos dos agentes comerciales por la disputa de haber quien pagaba más a una gran superficie por una cabecera. Se dedican a la venta masiva y exterminan a todo bicho-comerciante-vivo; se han convertido en Don Juan Tenorio. Van de flor en flor y los dejan sin honor-beneficios; picotean todo: best-seller, música, juguetes, farmacia; sin descansar los domingos y le llaman libertad, si un comerciante de barrio no puede abrir todos los días por falta de personal y beneficios: la libertad de uno no acaba donde empieza la del otro, no acaba nunca.
La globalización es un transformismo, aparece como solución total, ocupan todo, pero no es así, sólo lo que les interesa. Los mercados son globales, las personas no. Las grandes empresas quieren los monopolios para hacerse más ricos, sin importarles las personas. Hacen y deshacen en el planeta sin preocuparse de la ecología, con el riesgo de no tener solución en el futuro. Y los gobiernos nacionales, al ser cada vez más débiles, son incapaces de imponerles reglas y cuando por fin lo consiguen no son capaces de hacerlas cumplir.
Las pequeñas desviaciones de las grandes superficies son muchas y tienen otras mayores, al igual que las demás empresas globales, que se perciben si se hace un análisis global de los monopolios estatales, los cuasi-monopolios privados, la competencia o la inflación.
Quieren un estado pequeño sin participación directa en la economía: sin colegios públicos, sanidad, pensiones, industrias básicas como teléfono, luz, agua, energía. ¿Si le quitan todo al estado en que queda éste?, ¿en un simple administrador de las cuentas, con la obligación del déficit cero? No, el estado debe tener un presidente y gobierno que marque la línea a seguir, que controle y disponga de recursos suficientes, que ejecute proyectos para todos, y hacerlos cumplir; que pueda cambiar a los dirigentes de las empresas globales si son parte del problema, que pueda cambiar la disposición de los recursos sin perder el control; y si el gobierno falla, a los cuatro años fuera.
El estado del bienestar es irrenunciable para poder ayudar a los más necesitados; no se puede reducir costes en sanidad, pensiones o educación. Todo lo contrario, hay que aumentarlos y ampliarlos a otros sectores básicos, y es el Estado el que debe controlarlos directamente.
La estrategia económica debe ser un activo del Estado, de otra manera serían títeres en manos de dirigentes con poderes superiores y con deseos de ejecutarlos. Que fácil les resulta a las grandes corporaciones comprar una empresa pública que funcione más o menos bien y luego especular con élla. Si la iniciativa privada fuese el motor del comercio, ahí está el mundo sin comida, ni sanidad o educación, sin coches, trenes, luz, agua; ahí es donde tienen que invertir, hacer casas y nacerá el mercado por añadidura. Es muy fácil comprar empresas de trenes que llegaban puntuales y al cabo de unos años no haber invertido ni en traviesas, o compañías eléctricas que con el tiempo provocan apagones con pérdidas millonarias.
Los partidarios del Estado pequeño creen que fomentando la industrialización es suficiente, y lo que consiguen es que las grandes empresas se dejen subvencionar. Así, entre las empresas públicas que funcionando bien o mal, cuando pasan al sector privado reciben más subvenciones; como resultado, la mayoría de las empresas privatizadas se comportan como niños mal criados. Se les debe ayudar a las pequeñas para compartir el riesgo, no a las grandes. La globalización va por ese camino, de grandes corporaciones que viven del Estado, bien por haber comprado las empresas de este o depender de ayudas innecesarias y aberrantes. ¿El Estado da subvenciones si dos panaderías se fusionan? Que pregunta más tonta, pero si dos bancos lo hacen los inflan de ayudas ¡sinergia! o levadura. Dirán la tesis que para poder competir con otras empresas de igual tamaño. ¿No será para conseguir más subvenciones y poder comprar más monopolios a los estados?
Lo que se consigue con tantas subvenciones, sinergia, monopolios regalados, beneficios por el dinero sintético en la especulación bursátil del mercado continuo global es que se despreocupen de la producción. No la necesitan, son cosas a las que nominalmente se dedican las empresas grandes. La parte efectiva son las inversiones especulativas con el dinero disponible. La rotación de los productos en las estanterías son la medida de las ganancias, no la cantidad vendida o porcentaje sobre compras: a mayor rotación, más ganancias. No le interesan los productos, sí comprarlos con el pago lo más largo posible. Hay cadenas de distribución o moda que con las ventas de un día instalan dos tiendas nuevas cada día; ofrecen un precio irrisorio a los agricultores, contratas etc., rematándolos con pagos a noventa días. Si por exceso de demanda pagan más caro les da lo mismo, no necesitan el producto barato, pero sí los noventa días. Estas aberraciones como “Una isla de pérdidas en un océano de ganancias” suenan muy bien, pero son ilegales. Ver un producto expuesto o anunciado a mitad del costo de compra, no siendo época de rebajas es como decir al consumidor: esa tienda pequeña está robando.
Las grandes empresas tienen muchos beneficios con muy pocos márgenes y empleados. Han rizado el rizo y más: los empleos son de baja calidad y bajo sueldo, alto en horas y en horas despectivas. Poner botes todo el día, tornillos en cadenas o pasar por el escáner productos sin fin -con un beneficio de un céntimo para no ser ilegal-, no tiene muchos alicientes. Ante esta mecanización del mercado no es de extrañar que los pequeños comerciantes o empresas pequeñas no puedan competir. Con márgenes de beneficios del veinte, cincuenta o cien por ciento, para poder pagar a un empleado o varios, sin escáner o cadena de montaje, comprando más caro al representante que en las grandes superficies, (con lo cual compran en estas, que se han convertido en los nuevos representantes). Esta competencia es una carrera de coches aberrante, un circuito sin márgenes, sin meta o tiempo; o un vehículo con el motor desajustado que le hace chirriar por la inflación-deflación: fricción.
El monopolio en manos de la economía privada es malo, la competencia sin límites igual produce cosas como estas. Todos pueden vender helados, a saber: grandes superficies, tiendas descuentos varias, bares, tiendas de alimentación, panaderías, pastelerías, heladerías. Como son pocos los ayuntamientos ponen puestos de ¡helados! en verano. Todas las marcas con sus camiones correspondientes hacen el reparto: unos dos, otros cinco, algunos ningunos, otros seis, los más afortunados; tres cajas de ¡helados!, yogures, patatas, etc. –ya sé que es una exageración, siempre y cuando no viva de ello-. Los alcaldes para ayudar a los repartidores instalan pivotes en las esquinas y donde no, también, así paran en medio de la calle y tardan menos. ¡Esto es la jungla!, para esto millones de años: bajan tanto los precios que al final ni ganan ni venden, tienen deflación, aunque suba la inflación. La competencia es un jamón pata negra, y si sólo comemos jamón cogemos una anemia de caballo; ¡perdón!, de cerdo. Todos los excesos son malos y la competencia excesiva también, descontrolada la inflación por arriba, por los grandes, y a la baja, para los pequeños negocios, crea desviaciones nefastas a la economía. Se da la paradoja de que un país tenga una inflación de tres por ciento en general, en particular los semi-monopolios privados diez, mientras autónomos y pequeños empresarios diez o tres de deflación.
Antes de pasar al mayordomo un apunte sobre los accionistas de las empresas. No puede ser que propietarios con el cinco o diez por ciento de las acciones se consideren dueños de las empresas. Los pequeños accionistas no pintan nada en las asambleas. Primero, porque no acuden a las asambleas; segundo, porque delegan en otros que se los ponen todo hecho para que no se personen. El consejo de administración o los accionistas no toman las decisiones: es el presidente el que manda y si se equivoca, todos pagan las consecuencias. La empresa global con billones en dinero está dirigida por una persona. Da miedo pensar que tenga un mal día y -aparte de desinvertir en un país- pueda tomar cualquier otra medida igual de mala o peor.
PRUEBA DEL ALGODÓN
La gran empresa ha prescindido del mayordomo; lo hace mejor una máquina y así reducirá costes. Coja usted mismo el algodón que quiera, páselo por las grandes empresas haber si son democráticas, si compiten bien, si son justas, si tienen orden y si todos progresamos con ellas. Si tiene dudas del funcionamiento del algodón, repase la antítesis del dinero, no se complique la vida con la cantidad de combinaciones posibles, escoja un par de ellas al azar y haga la prueba; luego échela en el buzón de sugerencia o reclamaciones de una gran superficie.
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