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Capítulo decimoséptimo

TECNOLOGÍA

ANTITESIS

 

 

 

 

 

El poder de la tecnología es omnipresente, lo puede todo, según la tesis puede poner los puentes para que los países subdesarrollados sean tecnológicamente avanzados. Aquí hay una culpabilidad manifiesta: si puede y no se hace, culpable, y si no se puede y se crea la expectativa, también. Por defecto o por exceso, los países desarrollados tienen la responsabilidad de lo que sucede en los países subdesarrollados. Si son capaces de poner a un ser humano en la Luna y en una estación orbital permanente, ¿cómo no un puente desde el hambre al bienestar? Se están volviendo esnob, dedicando recursos inmensos en cositas exquisitas para unos cuantos, mientras media humanidad está sin agua potable. Poner en órbita satélites para prevenir el tiempo sin hacerles primero los pantanos a los países pobres -es decir las infraestructuras necesarias- es como decirles que salgan de las chabolas en tres días o podéis morir diez mil; o peor, no decirles nada.

Pollos sin plumas. Caballos diminutos. Patatas gigantes. Cerdos con siete jamones. ¿Y cada vez hay más hambrientos? Globalizan una bebida, pero no el agua; el móvil y no la pala; las imágenes y no las semillas. El dinero es global y los impuestos no: he aquí lo realmente trascendente de la globalización. Han roto el sentido lógico de las cosas; trasciende el presente al estar cambiando el orden natural del futuro, interviniendo en las plantas con los transgénicos y en los seres humanos manipulando el genoma.

La tecnología es poder y todo poder sin contrapoder tiende a ser despótico. La importancia de la tecnología habría que medirla por el reparto entre todos y, como no es así, más que avanzar retrocedemos a un despotismo técnico-ilustrado. El egoísmo como ley de vida: se inventa la rueda, se patenta y se cobra por cada vuelta con el pretexto de que se gastan inmensos recursos económicos en investigación. Patentan las vacunas, el envase, el trasporte, la distribución, la venta, el algodón y, cuando tienen efectos secundarios, patentan la solución. Así los países pobres viven en una tierra que no es la suya, trabajan para un amo que les cobra por todo, no les pagan lo suficiente y tienen que darles las gracias al pasar el puente para ver el palacio tecnológico al igual que cuando vuelven a su choza sin haber podido manipular las cositas exquisitas (sólo los genéricos atrasados).

No es fácil adaptarse a la globalización al igual que a otros cambios en el pasado, pero los seres humanos tenemos la capacidad de superar las dificultades; no tenemos, en cambio, la capacidad de digerir las distorsiones del presente -que son muchas-, que además aparecen nuevas continuamente en todos los órdenes de la vida cotidiana, en todos los países -sean ricos o pobres- y en todas las culturas. Los que vivimos en países ricos no nos es fácil presenciar las imágenes en los medios de comunicación de cómo el continente africano se muere por millones de seropositivos, al mismo tiempo que nos informan de inversiones astronómicas despilfarradas en proyectos farmacológicas para una parte diminuta de población. Los países emergentes (a pesar de batacazos) se dan cuenta que no podrán llegar al primer mundo ya que producen las materias primas, las venden cuando le dejan a un precio irrisorio y mientras importan la tecnología y todo lo que le rodea a un precio desorbitado. Si la relación de la agricultura y los servicios en la economía es francamente inferior a la primera, lo mismo ocurre con todas las materias primas. Así, adaptarse a esta globalización es simplemente imposible. Los países pobres ni se plantean estos problemas, están inadaptados, política, económica y socialmente al presente: en realidad no necesitan tecnología. ¿Para qué quieren un puente tecnológicamente perfecto de última generación? Lo que necesitan son puentes, carreteras, pantanos, casas, educación, medicinas, agua. La tesis globalización echa la culpa a los países pobres por no adaptarse al primer mundo, y cuando se dan cuenta de la barbaridad de su argumentación, reducen la culpa a los dirigentes de estos países. No se dan cuenta que todos los dirigentes políticos de los países ricos que son elegidos para un proyecto se ven obligados a dedicar el mayor tiempo de su mandato a resolver los problemas sobrevenidos. A los dirigentes de los países pobres les sobrevienen terremotos, inundaciones, epidemias, sequías. Individualmente no se adaptan a este frenesí tecnológico; tampoco parte de la población de países ricos; aún menos de los subdesarrollados y pocos de los pobres. Sin educación general en todos los países, sin transferencia tecnológica a los países pobres, es imposible que la mayoría de estos ciudadanos se adapten.

La tecnología ha conseguido cuadrar el círculo: a más mecanización, más producción, menos contratación. En treinta años se ha doblado-triplicado el PIB de algunos países desarrollados, mientras se ha mantenido el número de trabajadores. La robótica ha expulsado del mundo del trabajo a millones de personas mediante despidos o por no contratarlos, y peor aún, ha empobrecido la relación de la persona con el trabajo concreto. Cuando en el pasado se divisaba las posibilidades de la mecanización, nos imaginábamos que iba a retirar los trabajos pesados, repetitivos, peligrosos, y ha resultado al revés en su mayor parte: a las minas hay que seguir bajando, los trabajos repetitivos se han multiplicado (desde el colocador de botes de una gran superficie, hasta el obrero especializado en vigilar como una cabeza mecánica pone millones de remaches). Y con respecto a los trabajos peligrosos es peor: los mineros se siguen quedando atrapados, los obreros de la construcción se caen, las maquinas pillan, irradian veneno, estrés. Además, la relación del trabajador con la empresa se ha diluido por contratos cortos y mal pagados o por las contratas y subcontratas. La tecnología da inseguridad: menos trabajo, pocos buenos con los que se puede comprar lo que se produce y más. El resto, aculturizado, por no estar en el circulo de los elegidos o pillados en el engranaje de la inseguridad.

La tecnología ha conseguido que viaje el dinero y no las personas, globaliza partes según la conveniencia de los que mandan. Así, el desajuste anterior se repite en cualquier campo de actividad, por ejemplo, en el electrónico. Se inventa el fax para trasmitir un documento, pero si un inmigrante necesita un documento se le exige que vuelva a su país para conseguirlo. En el campo informático se necesitan muchas mentes ágiles con dedos hábiles, y en vez de poner ordenadores en todos los colegios públicos, donde los hay, sólo los ponen en los privados. En la arquitectura hay técnica suficiente para que las casas aguanten los terremotos y los pobres viven en casas (algunos) que se caen. En la información ocurre lo que Francisco Umbral describe en uno de sus libros: “Sabemos tanto, estamos tan informados, que ya sabemos los niños que se mueren de hambre en cada minuto”. En el campo de la tecnología nuclear han sustituido el infierno infinito por la amenaza nuclear; o peor, no lo han sustituido y tenemos los dos.

En parte del primer mundo y países en vías de desarrollo, las personas con capacidad económicas aprovechamos la tecnología que nos rodea, es decir, aparatos sin fin, máquinas para hacernos la vida más fácil que al final nos la complican. Subimos constantemente los escalones de un tobogán del deseo para comprar frigoríficos, lavadoras, hornos, aspiradoras, y nos deslizamos un instante con ellos tan contentos y volvemos a subir ahorrando o no, para cacharros necesarios o no, como molinillos, videos, planchas, secadoras; subiendo por el esfuerzo o disfrutando del deseo. La bajada por el tobogán es corta en el tiempo y volvemos a empezar; comprar coches, móviles, televisores, ordenadores. Subimos los escalones del tobogán mientras, y después de bajar, con letras para años: friegaplatos, motos, CDs, robot de cocina, radios. Si nos sobra el dinero compramos y bajamos sin el esfuerzo en un tobogán invertido, iniciando después la subida deseo. La cantidad de placer al bajar es proporcional al esfuerzo de subir el tobogán. Y después los aparatos se rompen, disgustos cortos, como el placer de comprar. La tesis dirá: ¿y el tiempo que ha disfrutado del servicio de los electrodomésticos y demás qué? Pues es precisamente el tiempo, la carrera constante de la vida cotidiana la que nos hace esclavos de la técnica por el deseo, por estropearse, pagarlos, limpiarlos, entender las instrucciones, usar sólo parte de las prestaciones. En vez de disfrutar de los adelantos sufrimos con ellos, pues no son sólo los aparatos; la metáfora se repite exponencialmente. Un ejemplo, ¿qué patatas compramos?: para guisar, freír, cocer; normales (sic), ecológicas, transgénicas para cocer… todas. O una para todo y comidas deficientes. Al final pocos inventan y todos sufrimos.

Es verdad que la tecnología nos hace avanzar, pero a costa de los más necesitados, si no ¿por qué la medicina no produce vacunas para todos y no para una porción? Y peor aún, hipoteca el futuro interviniendo en la naturaleza, manipulando genéticamente a los seres vivos, tanto animales como plantas: las que nos comemos sabiéndolo o ignorándolo. No sabemos lo que nos espera en el futuro con tanta manipulación innecesaria. La tecnificación es de tal calibre que la especialización en cualquier campo llega a extremos inauditos y la mayoría nos quedamos en superficialidades sin saber si nos engañan como en el capítulo de la información o grandes empresas.

La globalización es manipulación y la tecnología es la herramienta de la que se sirve, nos venden un futuro maravilloso y dejan el presente en un sálvese quien pueda. La tesis son planos parciales de beneficios futuros: medicina, información, electrónica, comida, etc. Pero es un futuro imposible, nunca llegamos; veinte, treinta, cuarenta años divisando lo mismo y los pobres aumentan. En vez de pensar en el futuro con inventos imposibles, aparatitos sin fin y técnicas complejas para unos cuantos, lo que tienen que hacer los países ricos es solucionar el presente. La mayoría sufre las consecuencias de problemas sencillos, fáciles de resolver si la voluntad de hacerlo fuese real y no retórica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRUEBA DEL ALGODÓN

 

 

 

 

¿Es necesario pasar el algodón por la tecnología global? No, por saber que saldrá sucio; sí por ser la razón de ser del mayordomo.

El mayordomo pasa los algodones por la tecnología con la esperanza de reflejarse en un espejo limpio y confirmar su existencia y no se refleja (aunque es permanente) porque la tecnología no es democrática ni todos pueden participar en el festín del progreso; no presta a la sociedad los servicios debidos, pues no tiene armonía, ni proporción o equilibrio. Cuando el devenir haga que los algodones salgan limpios al pasarlos por el cristal tecnológico reflejarán el ser global; mientras la suciedad impide ver la esencia, el mayordomo se esconde y se asoma al cristal para ver cuando se refleja.

  

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