TECNOLOGÍA
ANTITESIS
El poder de la tecnología es omnipresente, lo puede todo, según la tesis
puede poner los puentes para que los países subdesarrollados sean
tecnológicamente avanzados. Aquí hay una culpabilidad manifiesta: si puede y no
se hace, culpable, y si no se puede y se crea la expectativa, también. Por
defecto o por exceso, los países desarrollados tienen la responsabilidad de lo
que sucede en los países subdesarrollados. Si son capaces de poner a un ser
humano en la Luna y en una estación orbital permanente, ¿cómo no un puente
desde el hambre al bienestar? Se están volviendo esnob, dedicando recursos
inmensos en cositas exquisitas para unos cuantos, mientras media humanidad está
sin agua potable. Poner en órbita satélites para prevenir el tiempo sin
hacerles primero los pantanos a los países pobres -es decir las
infraestructuras necesarias- es como decirles que salgan de las chabolas en
tres días o podéis morir diez mil; o peor, no decirles nada.
Pollos sin plumas. Caballos diminutos. Patatas gigantes. Cerdos con
siete jamones. ¿Y cada vez hay más hambrientos? Globalizan una bebida, pero no
el agua; el móvil y no la pala; las imágenes y no las semillas. El dinero es
global y los impuestos no: he aquí lo realmente trascendente de la
globalización. Han roto el sentido lógico de las cosas; trasciende el presente
al estar cambiando el orden natural del futuro, interviniendo en las plantas
con los transgénicos y en los seres humanos manipulando el genoma.
La tecnología es poder y todo poder sin contrapoder tiende a ser
despótico. La importancia de la tecnología habría que medirla por el reparto
entre todos y, como no es así, más que avanzar retrocedemos a un despotismo
técnico-ilustrado. El egoísmo como ley de vida: se inventa la rueda, se patenta
y se cobra por cada vuelta con el pretexto de que se gastan inmensos recursos
económicos en investigación. Patentan las vacunas, el envase, el trasporte, la
distribución, la venta, el algodón y, cuando tienen efectos secundarios,
patentan la solución. Así los países pobres viven en una tierra que no es la
suya, trabajan para un amo que les cobra por todo, no les pagan lo suficiente y
tienen que darles las gracias al pasar el puente para ver el palacio
tecnológico al igual que cuando vuelven a su choza sin haber podido manipular
las cositas exquisitas (sólo los genéricos atrasados).
No es fácil adaptarse a la globalización al igual que a otros cambios en
el pasado, pero los seres humanos tenemos la capacidad de superar las
dificultades; no tenemos, en cambio, la capacidad de digerir las distorsiones
del presente -que son muchas-, que además aparecen nuevas continuamente en
todos los órdenes de la vida cotidiana, en todos los países -sean ricos o
pobres- y en todas las culturas. Los que vivimos en países ricos no nos es
fácil presenciar las imágenes en los medios de comunicación de cómo el
continente africano se muere por millones de seropositivos, al mismo tiempo que
nos informan de inversiones astronómicas despilfarradas en proyectos
farmacológicas para una parte diminuta de población. Los países emergentes (a
pesar de batacazos) se dan cuenta que no podrán llegar al primer mundo ya que
producen las materias primas, las venden cuando le dejan a un precio irrisorio
y mientras importan la tecnología y todo lo que le rodea a un precio
desorbitado. Si la relación de la agricultura y los servicios en la economía es
francamente inferior a la primera, lo mismo ocurre con todas las materias
primas. Así, adaptarse a esta globalización es simplemente imposible. Los
países pobres ni se plantean estos problemas, están inadaptados, política, económica
y socialmente al presente: en realidad no necesitan tecnología. ¿Para qué
quieren un puente tecnológicamente perfecto de última generación? Lo que
necesitan son puentes, carreteras, pantanos, casas, educación, medicinas, agua.
La tesis globalización echa la culpa a los países pobres por no adaptarse al
primer mundo, y cuando se dan cuenta de la barbaridad de su argumentación,
reducen la culpa a los dirigentes de estos países. No se dan cuenta que todos
los dirigentes políticos de los países ricos que son elegidos para un proyecto
se ven obligados a dedicar el mayor tiempo de su mandato a resolver los
problemas sobrevenidos. A los dirigentes de los países pobres les sobrevienen
terremotos, inundaciones, epidemias, sequías. Individualmente no se adaptan a
este frenesí tecnológico; tampoco parte de la población de países ricos; aún
menos de los subdesarrollados y pocos de los pobres. Sin educación general en
todos los países, sin transferencia tecnológica a los países pobres, es
imposible que la mayoría de estos ciudadanos se adapten.
La tecnología ha conseguido cuadrar el círculo: a más mecanización, más
producción, menos contratación. En treinta años se ha doblado-triplicado el PIB
de algunos países desarrollados, mientras se ha mantenido el número de
trabajadores. La robótica ha expulsado del mundo del trabajo a millones de
personas mediante despidos o por no contratarlos, y peor aún, ha empobrecido la
relación de la persona con el trabajo concreto. Cuando en el pasado se divisaba
las posibilidades de la mecanización, nos imaginábamos que iba a retirar los
trabajos pesados, repetitivos, peligrosos, y ha resultado al revés en su mayor
parte: a las minas hay que seguir bajando, los trabajos repetitivos se han
multiplicado (desde el colocador de botes de una gran superficie, hasta el
obrero especializado en vigilar como una cabeza mecánica pone millones de
remaches). Y con respecto a los trabajos peligrosos es peor: los mineros se
siguen quedando atrapados, los obreros de la construcción se caen, las maquinas
pillan, irradian veneno, estrés. Además, la relación del trabajador con la empresa
se ha diluido por contratos cortos y mal pagados o por las contratas y
subcontratas. La tecnología da inseguridad: menos trabajo, pocos buenos con los
que se puede comprar lo que se produce y más. El resto, aculturizado, por no
estar en el circulo de los elegidos o pillados en el engranaje de la
inseguridad.
La tecnología ha conseguido que viaje el dinero y no las personas, globaliza
partes según la conveniencia de los que mandan. Así, el desajuste anterior se
repite en cualquier campo de actividad, por ejemplo, en el electrónico. Se
inventa el fax para trasmitir un documento, pero si un inmigrante necesita un
documento se le exige que vuelva a su país para conseguirlo. En el campo
informático se necesitan muchas mentes ágiles con dedos hábiles, y en vez de
poner ordenadores en todos los colegios públicos, donde los hay, sólo los ponen
en los privados. En la arquitectura hay técnica suficiente para que las casas
aguanten los terremotos y los pobres viven en casas (algunos) que se caen. En
la información ocurre lo que Francisco Umbral describe en uno de sus libros:
“Sabemos tanto, estamos tan informados, que ya sabemos los niños que se mueren
de hambre en cada minuto”. En el campo de la tecnología nuclear han sustituido
el infierno infinito por la amenaza nuclear; o peor, no lo han sustituido y
tenemos los dos.
En parte del primer mundo y países en vías de desarrollo, las personas
con capacidad económicas aprovechamos la tecnología que nos rodea, es decir,
aparatos sin fin, máquinas para hacernos la vida más fácil que al final nos la
complican. Subimos constantemente los escalones de un tobogán del deseo para
comprar frigoríficos, lavadoras, hornos, aspiradoras, y nos deslizamos un
instante con ellos tan contentos y volvemos a subir ahorrando o no, para cacharros
necesarios o no, como molinillos, videos, planchas, secadoras; subiendo por el
esfuerzo o disfrutando del deseo. La bajada por el tobogán es corta en el
tiempo y volvemos a empezar; comprar coches, móviles, televisores, ordenadores.
Subimos los escalones del tobogán mientras, y después de bajar, con letras para
años: friegaplatos, motos, CDs, robot de cocina, radios. Si nos sobra el dinero
compramos y bajamos sin el esfuerzo en un tobogán invertido, iniciando después
la subida deseo. La cantidad de placer al bajar es proporcional al esfuerzo de
subir el tobogán. Y después los aparatos se rompen, disgustos cortos, como el
placer de comprar. La tesis dirá: ¿y el tiempo que ha disfrutado del servicio
de los electrodomésticos y demás qué? Pues es precisamente el tiempo, la
carrera constante de la vida cotidiana la que nos hace esclavos de la técnica
por el deseo, por estropearse, pagarlos, limpiarlos, entender las
instrucciones, usar sólo parte de las prestaciones. En vez de disfrutar de los
adelantos sufrimos con ellos, pues no son sólo los aparatos; la metáfora se
repite exponencialmente. Un ejemplo, ¿qué patatas compramos?: para guisar,
freír, cocer; normales (sic), ecológicas, transgénicas para cocer… todas. O una
para todo y comidas deficientes. Al final pocos inventan y todos sufrimos.
Es verdad que la tecnología nos hace avanzar, pero a costa de los más
necesitados, si no ¿por qué la medicina no produce vacunas para todos y no para
una porción? Y peor aún, hipoteca el futuro interviniendo en la naturaleza,
manipulando genéticamente a los seres vivos, tanto animales como plantas: las
que nos comemos sabiéndolo o ignorándolo. No sabemos lo que nos espera en el
futuro con tanta manipulación innecesaria. La tecnificación es de tal calibre
que la especialización en cualquier campo llega a extremos inauditos y la
mayoría nos quedamos en superficialidades sin saber si nos engañan como en el
capítulo de la información o grandes empresas.
La globalización es manipulación y la tecnología es la herramienta de la
que se sirve, nos venden un futuro maravilloso y dejan el presente en un
sálvese quien pueda. La tesis son planos parciales de beneficios futuros:
medicina, información, electrónica, comida, etc. Pero es un futuro imposible,
nunca llegamos; veinte, treinta, cuarenta años divisando lo mismo y los pobres
aumentan. En vez de pensar en el futuro con inventos imposibles, aparatitos sin
fin y técnicas complejas para unos cuantos, lo que tienen que hacer los países
ricos es solucionar el presente. La mayoría sufre las consecuencias de
problemas sencillos, fáciles de resolver si la voluntad de hacerlo fuese real y
no retórica.
PRUEBA DEL ALGODÓN
¿Es necesario pasar el algodón por la tecnología global? No, por saber
que saldrá sucio; sí por ser la razón de ser del mayordomo.
El mayordomo pasa los algodones por la tecnología con la esperanza de
reflejarse en un espejo limpio y confirmar su existencia y no se refleja
(aunque es permanente) porque la tecnología no es democrática ni todos pueden
participar en el festín del progreso; no presta a la sociedad los servicios
debidos, pues no tiene armonía, ni proporción o equilibrio. Cuando el devenir
haga que los algodones salgan limpios al pasarlos por el cristal tecnológico
reflejarán el ser global; mientras la suciedad impide ver la esencia, el
mayordomo se esconde y se asoma al cristal para ver cuando se refleja.
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